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La opción por la vida es el primer requisito para el discernimiento humano que hay que checar. Desde esta perspectiva, la vida no se puede entender como algo individualizante o marginante de la vida de los otros. El que está en capacidad de optar por la vida, se interesa por la vida de los demás, y de los que son la mayoría en la humanidad, es decir “los desheredados de la Tierra” (personas necesitadas en todos los niveles). Ahora bien, ese poder optar por la vida se puede traducir en cinco actitudes básicas:

1) Saber trabajar equilibradamente sabiendo descansar. 2) Poder “construir amor”. 3) No ser “mosca” sino “colibrí” o mejor aún “abejas” 4) La capacidad de dialogar 5) Por último, la sana autoestima, que es la base de todo lo demás.

  • Saber trabajar equilibradamente sabiendo descansar:¿Hago evaluación de mi trabajo? ¿Tengo un proyecto personal que reviso con frecuencia? ¿Vivo con estrés? ¿Cómo me doy alimento y descanso a nivel corporal, psicológico y espiritual? ¿En qué cosas puedo verificar si me alimento en cada una de estas dimensiones? ¿Cómo me doy cuenta de que lo hago? ¿Me percato de que reparar mis fuerzas es un indicador de que capto vitalmente el amor por la vida y que estoy capacitado para otras elecciones?
  • “construir amor”: ¿Soy capaz de “hacer el amor” de construirlo? ¿Tengo amistades profundas y duraderas? ¿Tengo amistades entre gente pobre? ¿Tengo experiencia de convivir alguna vez con los problemas urgentes de las mayorías? ¿Cómo está mi capacidad de reír, de generar buen ambiente, de ser como un oasis para los demás?... ¿Cómo me doy cuenta de que lo hago? ¿Me doy cuenta que es la vida y el cariño lo que debe siempre estar en juego, en última decisión?
  • Ser abejas: No ser “moscas”, que sólo se paran en el estiércol y que, además, lo llevan de una parte a la otra, sino colibríes, que captan el mejor néctar de las flores; o más aún, abejas trabajadoras que extraen lo mejor de las flores y producen la miel que es un alimento nutritivo y un remedio fundamental.
    ¿Ante una situación me inclino, por principio, a ver lo negativo? ¿Me juzgo, por principio, por las cosas “malas” que hago? ¿Cuánto me culpabilizo? ¿Cómo le saco ventaja a las cosas negativas que suceden? ¿Cómo hago que las personas saquen lo mejor de sí mismas? ¿Cómo me doy cuenta de que lo hago? ¿Me percato de que sólo si saco lo mejor de las personas y las situaciones estoy en una actitud de elegir y hacerlo bien?
  • La capacidad de dialogar: ¿Cuánto aprendo de los demás? ¿Cómo me ha reportado este aprendizaje, posturas nuevas en mi vida? ¿Me sé poner en los zapatos de los demás, en su propia piel? ¿Cómo me doy cuenta de que lo hago? ¿Me percato de que esta actitud es básica para cualquier discernimiento en cuanto implica realmente considerar todas las situaciones?

Si algo que experimentamos, nos lleva al Reino, es un signo indiscutible de que ello proviene de Dios. Los impulsos, señales o invitaciones que experimentamos en el corazón, deben acercarnos a esa mesa del Reino con todos sus pedestales. Ahora bien, no quiere decir, necesariamente, que siempre deban estar los cuatro pies presentes y explícitos. Lo que sí es necesario es que en la moción o invitación que se analiza, por lo menos estén latentes y nunca negados formalmente, Por consiguiente, toda moción (sentimiento, deseo, idea, imagen) si es de Dios, me debe llevar a esos cuatro derroteros:

  • Primer derrotero: A las obras de justicia solidaria (Mt 25, 31 ss)
  • Segundo derrotero: a la alegre misericordia (Lc 6, 36)
  • Tercer derrotero: A la incomprensión y la persecución (Mc 8, 34, y paralelos)
  • Cuarto derrotero: Al amor a sí mismos (MT 19, 19)
Misioneros del Espíritu Santo