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He tenido la suerte de no haber tenido hasta ahora en la vida grandes dificultades ni experiencias de esas que hacen casi imposible la fe, aunque la duda persista siempre, porque nadie tiene una experiencia directa e inequívoca de Dios. No obstante, me parece que una mirada retrospectiva al camino recorrido debe recoger también los problemas que han ido presentando. Por no extenderme, señalaría cuatro que a mí me afectan particularmente, además del ya mencionado de la erosión continua a que están sometidas nuestras convicciones en la sociedad española actual.

* Empecemos por reconocer el innegable poder del mal.
Después de participar en numerosas acciones de tipo asociativo o comunitario, he llegado a pensar que existe en la realidad algo así como una asimetría perversa según la cual, para echar abajo los proyectos colectivos que persiguen la justicia y la solidaridad, bastan pocos saboteadores (una amiga mía sostiene que el problema radica en que esos pocos tienen mucho poder). Es más fácil destruir que construir. Para que las cosas mejoren, para crear un buen ambiente, para mantener la convivencia, la alegría o la esperanza, es preciso contar con la colaboración de todos. Pero para acabar con el esfuerzo y el trabajo de años, a veces es necesario muy poco tiempo. La enorme desigualdad que sufre nuestro mundo y lo poco que costaría, en términos económicos, reducirla radicalmente ejemplifica de forma notoria la dureza de nuestro corazón y el enorme pecado de indiferencia de nuestras sociedades. El peso desproporcionado que tienen las malas noticias sobre las buenas (que sin duda son mucho más abundantes, aunque menos morbosas) en los espacios informativos es otros síntoma de la patología señalada.

* En otro orden de cosas, la marcha de personas de la comunidad
ha supuesto también momentos muy dolorosos a nivel afectivo, aunque con la cabeza reconozca que siempre es necesario respetar y apoyar las decisiones personales. Estos acontecimientos ponen de relieve que los vínculos que nacen de la fe pueden ser extraordinariamente fuertes y que, ciertamente, formamos un cuerpo. Por eso cada separación se llega a vivir como una verdadera amputación. Algo parecido ocurre cuando las personas comprometidas en la acción social acaban "quemadas" por falta de resultados, por cansancio o, lo que es peor, por cuestiones de tipo organizativo. Aunque lo que más me apena es ver cómo el modelo de valores propio de la cultura de la satisfacción es capaz de seducir a personas que han encarnado con coherencia durante años el valor de la solidaridad.

* El amor tiene un precio elevado. Conviene recordarlo en época de "rebajas y ofertas". El seguimiento introduce en un tipo de existencia llena de intensidad y plenitud, pero que tiene un alto coste: el de poner la vida al servicio de los valores del Reino. Y la fuerza del Espíritu, que fortalece nuestra capacidad de amar, no nos evita el dolor que va siempre asociado al riesgo de compartir la vida en profundidad, el cansancio que surge de colaborar en la transformación de las realidad cuando ésta cambia tan lentamente, el fracaso de muchos proyectos, el sufrimiento derivado del roce propio de las relaciones interpersonales, la tentación de pensar que se vive más cómodo sin complicarse la vida o que se puede alcanzar un nivel de vida más alto si se comparte menos. Pero no hay "terceras vías". Cerrarse al amor elimina muchas dificultades, pero empobrece definitivamente la vida.

* El peso de algunos aspectos de la vida de la Iglesia.
es una carga pesada para muchos de nosotros cuando intentamos proponer el evangelio en los ambientes en que nos movemos. No deja de ser paradójico que la institución a través de la cual hemos accedido a la fe, y que tiene por misión alimentarla y extenderla, cause también tanto dolor. En concreto, creo que se equivoca cuando, sintiéndose propietaria y portavoz de Dios mismo, en lugar de su humilde testigo, se presenta como instancia superior ajena a la crítica, se cree conocedora de todas las respuestas a los dilemas éticos actuales, intenta controlar las conciencias de las personas, condena de forma legalista comportamientos que son interpretados desde concepciones filosóficas claramente superadas, o perpetúa prácticas discriminatorias y autoritarias en el interior de su propia organización. Estos defectos estructurales empañan inevitablemente el testimonio de fe, amor y esperanza que ofrecen tantos creyentes.

Pese a las dificultades señaladas, tengo la insobornable convicción de que ciertas causas merecen la pena, más allá de los resultados que logren nuestras luchas; y coincido con Gustavo Gutiérrez en la necesidad de proponer una nueva bienaventuranza: ¡Bienaventurados los tercos, porque de ellos es el Reino de Dios!

 

PARA LA DINAMICA EN PAREJA:

+ Identificar cuáles son los conflictos que vivo (vivimos)
- en la pareja
- en la familia
- en la sociedad
- en la Iglesia

+ ¿Cómo me sitúo (situamos) ante ellos? ¿Cómo los afronto (afrontamos)?